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Sin embalar


Anahí Flores (2019). Sin embalar. Buenos Aires: Colección Lunática, Kintsugi Editora.
Cuando uno se muda, según los expertos, atraviesa una de las experiencias más estresantes de la vida. Pero si sos poeta, como Anahí Flores, podés recoger de cada pequeña crisis una oportunidad para descubrir algo: la vista desde la ventana de la nueva cocina, la música que llega desde el departamento vecino, los extraños laberintos de la noche y sus sombras, los ruidos, los espacios asignados para los muebles viejos, los rincones y sus bichos.


Durante el poemario Sin embalar, la poeta nos lleva por el derrotero que se inicia en el momento de la mudanza misma, en que el coro de seres queridos asume una nota diferente y propia en la sinfonía del movimiento de desarmar un espacio y armar otro, mientras “Yo flotaba / y pasaba a través / de los objetos”; y continúa, luego, en esa especie de limbo, en el que se duerme y cuando despierta no recuerda bien en qué casa está, si en la anterior o en la nueva, o en qué sombra estará oculto el mueble en el trayecto de la cama al baño en el medio de la noche. “Me despierto / se superponen los planos de las casas, / ¿hacia dónde queda el cuarto de mi hija? / Parpadeo y nada: / ni sombras ni recuerdos”. Estas inseguridades cotidianas se ven magnificadas por la lente del detalle y la novedad, que se puede encontrar en una mancha de humedad, en la ducha, o en el rincón de las plantas. “Giro las dos macetas, sin alejarlas. / Las hojas quedan apuntando / en otras direcciones. / Más tarde, vuelvo a ellas. / Se han reorientado, solas. / Las hojas de la que llegó ayer / se meten, de nuevo, / entre los tallos de la otra”. Una simbiosis de lo viejo con lo nuevo, la adaptación de seres vivos reubicados en otro hábitat, el confuso borrón de las emociones encontradas por lo perdido, lo que dejamos atrás, ante el descubrimiento de lo que ingresa en nuestras vidas cuando abrimos otra puerta.
Anahí Flores nos ofrece un poemario lleno de lirismo en sus imágenes y sutilezas, pero también narrativo en la fórmula que cifra cada texto entre la escena inicial y el desenlace. También tenemos personajes que hilvanan la trama invisible entre los poemas. La madre y la hija son una constante. Hacen evidente el lazo que une, no sólo el vínculo entre ellas, sino esos pasos en la noche, esas voces que interrumpen el silencio de los espacios aún extraños para ambas, la presencia humana entre los objetos que las rodean; en definitiva, que une los poemas y les da la coherencia del conjunto, más allá de la temática de la mudanza, que algunos de ellos apenas rozan. Podríamos decir, incluso, que un grupo muy selecto de estos textos, titulados “Un coro”, “Alfileres en el aire”, “Las columnas”, “Cáscara”, “De reojo”, “Abandonar” y “Piojos”, forman un grupo de microficciones en verso. Los lectores dirán si me equivoco... En ellos encuentro los ingredientes más fundamentales del género: esas pequeñas epifanías que se suceden pero, en rigor, suceden en simultáneo.
En lo cotidiano, en la irrupción de lo cotidiano, en el paréntesis entre la cáscara vacía de la casa abandonada y el nido que se intenta construir, Anahí Flores nos deja las impresiones necesarias, por vitales, para sentirnos frágiles y fuertes, rutinarios pero aventureros, habitantes habitados de los espacios que nos atraviesan y que atravesamos.
María Laura Pérez Gras



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